“El Hijo de Dios se ofrece a nosotros. Ofrece en nuestras manos su Cuerpo y su Sangre para estar con nosotros, para habitar en nosotros” Papa Francisco.
La celebración del Jueves Santo nos invita a adentrarnos firmemente en el misterio de la Pasión de Cristo. La Iglesia nos hace un llamado a sentarnos en torno a la mesa (el altar) del Señor con máximo recogimiento y meditar todo lo que aconteció la noche en que iba a ser entregado.
Jesús, de una manera muy especial nos muestra su amor en esta noche, dándonos un testimonio perfecto de su vocación y misión al servicio del mundo, mismo llamado que tiene la Iglesia, y al que todos estamos llamados a imitar. Jesús nos muestra que el camino para alcanzar la gloria no es el egoísmo o la soberbia, sino el servicio por los demás, cuando decide lavar los pies a sus discípulos (Cfr. Jn 13, 3-5), a pesar de ser el Maestro; “… el que quiera llegar a ser grande entre ustedes, será servidor de todos, y el que quiera ser el primero entre ustedes, será esclavo de todos, que tampoco el Hijo del Hombre ha venido a ser servido si no a servir y a dar su vida como rescate por muchos” (Mc 10, 43-45).
El Evangelio de San Juan nos muestra a un Jesús, quien sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, pero que siente tal amor por todos nosotros (no sólo por sus apóstoles) que se arrodilla y lava nuestros pies, como muestra de su humildad, sacrificio y amor por nosotros.
La santa misa, como hoy la conocemos, es la celebración de la Cena del Señor (La Última Cena) en la cual Jesús, el primer Jueves Santo, en víspera de su Pasión, “mientras cenaba con sus discípulos tomó pan, lo bendijo, lo partió y dándoselo a sus discípulos, dijo: Tomen y coman, éste es mi Cuerpo” (Cfr. Mt 26, 26).
Jesús quiso que todos los que creyeran en Él se reunieran para comer su Cuerpo y su Sangre como en su última Cena, dejándolo claro con las siguientes palabras: “Hagan esto en memoria mía” (Lc 22, 19).
La Iglesia celebra el Jueves Santo una misa especial, dentro de la misma, el sacerdote realiza el lavatorio de pies a doce personas quienes representan a los apóstoles. Siguiendo el ejemplo con el cual Jesús nos transmite su mensaje de amor, al decirle a sus amigos: “Lo mismo que yo hice con ustedes, practíquenlo en favor de los demás” (Cfr. Jn 13, 15).
En esa misma noche de amor por nosotros, Cristo nos dejó un mandamiento nuevo: “Ámense los unos a los otros, así como yo los he amado” (Jn 13, 34), dándole un sentido comunitario al Jueves Santo, instaurándolo como un recordatorio y oportunidad para reconciliarnos con nuestro prójimo y de interiorizar la enseñanza del amor.
En Jueves Santo celebramos, asimismo, que Cristo instituyó la Eucaristía, “tomen y coman” (Mt 26, 26), y el Sacerdocio, al partir el pan durante la Última Cena, diciéndole a sus amigos, los apóstoles: “Hagan esto en memoria mía” (Lc 22, 19).
El color litúrgico de ese día es blanco. La decoración del templo debe resaltar la liturgia porque es una solemnidad, es una alegría, la institución de la Eucaristía, la institución del Sacerdocio y el Mandamiento del Amor. Definitivamente, la celebración de la Cena del Señor, es muy significativa, ya que es el mismo Dios quien nos dice, con su ejemplo, que quien quiera ser el primero que sea servidor de los demás.
Es una noche donde se recomienda que nuestro espíritu de oración nos adentre a vivir el misterio de la Pasión del Señor, así como dedicarle un momento a la adoración eucarística, de la misma manera nos recuerda que, el simbolismo del pan, donde Jesús quiso quedarse como alimento espiritual, es una invitación para todos a practicar la caridad con los más necesitados.
