“El Señor nos llama a alzarnos, a levantarnos de nuevo con su Palabra, a mirar hacia arriba y a creer que estamos hechos para el Cielo, no para la tierra” Papa Francisco.
La Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor durante el Sábado Santo, meditando su pasión y su muerte, su descenso a los infiernos y esperando con confianza y alegría su paso de la muerte a la vida, su Pascua.
Es un día de especial silencio, la Iglesia vela junto al sepulcro, enmudecen las campanas y la música. Es día para profundizar sobre nuestra vida y contemplar el sacrificio del Maestro. El altar continúa despojado de sus lienzos y el sagrario, abierto y vacío. La Cruz vacía continúa elevada desde el día anterior, de la misma manera, centrada, con un paño morado en señal de luto. Dios ha muerto por cada uno de nosotros, ha querido someter nuestro pecado con su propio dolor.
El Sábado Santo es un día único, día de la ausencia, el Esposo de la Iglesia nos ha sido arrebatado. El mismo Cristo está callado después de su último grito de la cruz (Cfr. Mt 27, 46) y entregar su Espíritu a su Padre (Cfr. Lc 23, 46). Este día es el corazón del Triduo Pascual, ya que se encuentra entre la Muerte del Viernes y la Resurrección del Domingo.
La celebración de la Vigilia Pascual se divide en tres momentos muy importantes:
1. Celebración del Fuego Nuevo o Lucernario. El sacerdote bendice el fuego y enciende el Cirio Pascual. Se entona el Pregón Pascual.
2. Liturgia de la Palabra. Se leen siete lecturas del Antiguo Testamento, una Epístola de San Pablo y el Evangelio, así como la entonación de un Salmo por cada una de las lecturas. Todas haciendo alusión a la salvación que se da esa noche por el Hijo de Dios.
3. Renovación de las Promesas Bautismales. Se invita a la comunidad a participar de la renuncia a Satanás y sus obras. Se bendice el agua y se realiza el signo de aspersión como un recuerdo del propio Bautismo. Este signo se puede repetir todos los domingos de la Cincuentena Pascual, al comienzo de la Eucaristía.
Esta misma noche de Pascua es el momento en el que tiene más sentido celebrar los sacramentos de la iniciación cristiana.
El Sábado Santo es un día “alitúrgico”, ya que no se permite celebrar la Eucaristía (misa) hasta la celebración de la Vigilia Pascual. La Sagrada Comunión sólo puede llevarse como viático a los enfermos.
El color litúrgico de ese día es blanco, que simboliza la alegría de la Resurrección de Jesús, así como el tiempo de fiesta que se aproxima, la Pascua.
Pascua significa “paso”, y es la solemnidad central del calendario litúrgico, mismo que gira en torno a ella. En otras palabras, es la solemnidad más importante de año, ya que celebra la Resurrección de Cristo, prefigurada en la Pascua judía (liberación de la dominación egipcia, “paso” del Mar Rojo). Se prolonga durante cincuenta días (Cincuentena Pascual) hasta la solemnidad de Pentecostés.
Para vivir mejor este día se recomienda meditación y silencio, así como aprovechar para agradecer a Jesús por ofrecer su vida por nuestros pecados. Asimismo, es un día de espera junto a la Virgen María.
