Viernes Santo

“La Cruz de Cristo no es una derrota: La Cruz es amor y misericordia” Papa Francisco.

El Viernes Santo debe vivirse como una conmemoración muy especial, donde nos encontramos con el inmenso drama de la muerte de Cristo en el Calvario. 

El Evangelio de Juan nos permite contemplar de una manera muy particular el misterio de la Pasión de Jesús (Cfr. Jn 19, 1-30). Es el mismo Juan, teólogo y cronista de la Pasión, quien nos lleva a contemplar el misterio de la cruz de Cristo como una solemne liturgia. Cada palabra y gesto utilizados en la solidez de su Evangelio, el Viernes Santo se hacen más verídicos.

En este día de contemplación recordamos especialmente a María, la Madre de Jesús, que siempre estuvo allí, junto a la cruz, como madre y discípula. María es madre de todos nosotros, asimismo, es la nueva Eva, por ser madre del primer habitante de la nueva creación, Jesús resucitado. La maternidad de María tiene el mismo alcance de la redención de Jesús (es para todo el mundo), ya que se ensancha con la espada del dolor de su corazón. 

No podemos omitir mencionar al soldado romano que traspasó el costado de Cristo y le atraviesa el corazón. Sin darse cuenta, cumplía una profecía. Del corazón de Cristo brota sangre y agua, sangre de la redención (rescate del pecado) y agua de la salvación (gracia y fruto de la redención). La sangre, signo del amor más grande que entrega la vida, el agua es signo del Espíritu, la vida misma de Jesús. 

Durante el Viernes Santo no se celebra la Eucaristía (misa) en todo el mundo. El altar luce sin mantel, sin cruz, sin velas ni adornos. Los sacerdotes entran sin cantos, se postran en el suelo, frente al altar, al comienzo de la ceremonia. 

Dentro de la misma celebración, después de la lectura de la Palabra de Dios, se pasa a una acción simbólica muy expresiva y propia del día, la Adoración de la Santa Cruz como gesto de agradecimiento a Cristo, que estuvo clavado en ella. 

Aunque no hay propiamente la celebración de la Eucaristía (consagración, ya que no hay misa), se comulga del Pan Consagrado en la celebración del día anterior, Jueves Santo, expresando nuestra participación en la muerte salvadora de Cristo, recibiendo su Cuerpo entregado por nosotros.

El color litúrgico para ese día es el rojo. Color de los mártires de Jesús, el mismo es el primer testigo (mártir) del amor del Padre y de todos aquellos que, como Él, dieron y siguen dando su vida por proclamar la liberación del pecado y la vida eterna que Dios nos ofrece.

Otro de los símbolos por los cuales recordamos el sacrificio de Jesús por nosotros es el Viacrucis, que es la conmemoración de los dolores de Jesús en las últimas horas de su vida, que se han convertido en meditación y oración. Es un ejercicio de piedad que está lleno de contenido y de agradecimiento, acompañado de una reflexión. Consiste en seguir espiritualmente este mismo trayecto, deteniéndose ante 14 estaciones para meditar los sufrimientos de Jesucristo y unirse interiormente con Él.

Se recomienda, para vivir de mejor manera este día, ayuno (18-59 años) y abstinencia (14 años en adelante), como nos pide la Iglesia. De la misma manera, se exhorta a que durante el día se reflexione sobre el misterio de Cristo y que se evite el consumismo, así como todo tipo de distractores. 

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Néstor Rojo

Teacher and formator

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