“Los poetas son hombres que han conservado sus ojos de niño” León Daudet.
Recorriendo el Valle Sagrado de los Incas, en Perú, llegamos a una comunidad netamente incaica, de talentosos artesanos textiles, llamada Chinchero, flanqueada por los nevados Salkantay, Verónica y Soray a casi 3,800 mt de altura. Después de una breve caminata me detuve a observar la arquitectura incaica del templo dedicado a Nuestra Señora de la Natividad. Fue justamente en aquel lugar donde me encontré con Jefferson, un niño de unos ocho años quien vestía unos pants deportivos y sujetaba un balón de fútbol; Jefferson tenía la mirada cansada y triste, era de noche y seguramente había ayudado a sus padres durante todo el día en la venta de artesanías. Le grité – pásala – y sus ojos se iluminaron, después de tres o cuatro “patadas” otros tres niños estaban a nuestro alrededor jugando y sonriendo, inevitablemente los acompañé en sus risas y juegos, y regresé, como cada vez que interactúo con niños, a mi infancia, disfrutando en plenitud de ese momento. Asimismo, entendí que los niños en cualquier parte del mundo, ya sea en la cordillera o a nivel del mar, “son simplemente niños”, llenos de la pureza de Dios en su sonrisa.
“Japo”, el payaso que hizo reír durante varios años a Juan Pablo II comentó en una entrevista: “El Papa reaccionaba igual, igual que los niños”. Es aquí donde vienen a resonar las palabras de Jesucristo “dejen que los niños vengan a mí” (Cfr. Mt 19, 14). Esto no significa que Jesús quería únicamente estar cerca de los niños, pero sí, de quienes tienen el alma limpia e inocente como ellos, que aún se siguen sorprendiendo de las pequeñas cosas y buscan naturalmente la presencia de Dios.
Celebremos a nuestros niños compartiendo más tiempo con ellos, formémonos el hábito de escucharlos, en verdad tienen mucho que decirnos. Aprendamos a darles su lugar; esto implica, desde luego, respetar su persona. Un ejemplo muy común es la adicción que podemos llegar a sentir por series, programas de televisión, películas, series, redes sociales o canales de YouTube con contenido inapropiado para su edad, a tal grado que olvidamos que los niños están viendo o escuchando; lo mismo pasa con la música o nuestras pláticas y discusiones, que en conjunto o de manera individual traen como resultado la pérdida de la inocencia o preocupaciones que les inquietan innecesariamente.
Cada cosa, por pequeña que parezca, que hacemos por el bien del niño está más que justificada. Esto lo entendía muy bien la Directora de un colegio católico, preocupada siempre por la formación de sus niños. Ella le decía a cada nuevo profesor al comenzar el año escolar: “En sus manos está el dar a Jesucristo un gusto enorme o un disgusto terrible, ¿qué escoge?, ¿quiere que Jesucristo le sonría y le pague con un sueldo que yo no le puedo dar? Entonces, lleve a los niños a Jesús, que los está esperando”.
“Dejen que los niños vengan a mí, no se lo impidan”, eso lo que dijo Jesucristo. Ahora preguntémosle al Señor. ¿Y al que ame a los niños, al que los forme, al que los lleve a ti… qué recompensa le guardas, Señor?
“Un niño siempre nos puede enseñar a ponerse contento sin motivo” Paulo Coelho.
