San Lucas nos narra una fabulosa lección pedagógica que San Pablo, en su viaje a Atenas, implementó movido por su celo evangélico (Cf. Hch 17, 16).
“Porque mientras pasaba y observaba los objetos de su adoración, hallé también un altar con esta inscripción: AL DIOS DESCONOCIDO. Pues lo que ustedes adoran sin conocer, eso les anuncio yo” (Cf. Hch 17, 23), y comenzó a hablarles de Dios, el Creador, Dador de vida, y Resucitado de entre los muertos; unos se burlaron, algunos, sin embargo, se acercaron a él y creyeron.
Es de llamar la atención que los griegos como politeístas tuviesen la necesidad de un dios adicional, un “dios desconocido” de quien desconocían también sus atributos, genero, imagen, etc., quizás a causa de un vacío espiritual o la falta de bienestar que sus dioses dejaban en su corazón; de la misma manera nuestro corazón puede estar necesitado de Dios, y no por la necesidad de otro como los griegos, sino porque no conocemos completa y verdaderamente al nuestro. Pentecostés es una inmejorable oportunidad para conocer a quien para muchos es el “gran desconocido”, el Espíritu Santo.
Si eres un católico formado te puede parecer increíble que muchas personas (católicos) respondiendo a la pregunta “¿Quién es el Espíritu Santo?” comenten lo siguiente: “es el tercer Dios”, “la fuerza de Dios”, “una paloma”, o simplemente “no sé”; puede hasta parecer gracioso, pero es triste que aún recibamos ese tipo de respuestas.
El Espíritu Santo es la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, es decir, Dios mismo, que desde el día de Pentecostés ha guiado a la Iglesia, porque es a través de Él que el mismo Jesucristo sigue entre nosotros; es el Espíritu que impulsó a Pedro el día que lo recibió, Él mismo movió a Pablo en cada uno de sus viajes, y es también Él, quien hace posible el milagro de la Eucaristía gracias a las manos de un sacerdote. Pidamos al Espíritu Santo que este Pentecostés derrame sus dones y carismas en nosotros para colaborar en la edificación de la Iglesia.
