Queridísimos Profes

La educación y la formación son los mejores servicios u obsequios que la sociedad puede recibir, ya que son el fundamento del progreso humano. 

Aunque tu sacrificado servicio pase desapercibido para muchos, sabemos que un pueblo que no se educa decae, y hoy más que nunca la sociedad necesita de la figura inspiradora de profesores que doten de un sentido a la escuela, sin reducir su labor a la simple transmisión de tecnicismos y conocimientos, sino aspirando a construir una relación, siempre educativa, con cada alumno, que necesita sentirse entendido y acogido por lo que es, con todas sus limitaciones y potenciales que le hacen único.  

Estimado maestro, el mundo necesita que ames con mayor intensidad a los estudiantes más difíciles, esos que no quieren estudiar porque no le encuentran sentido a la escuela, a los más débiles, por alguna enfermedad o discapacidad, y a los más desfavorecidos, que se encuentran en condiciones de privación. Nunca podrían ser más actuales las siguientes palabras de Albert Einstein: “El arte supremo del maestro es despertar el placer de la expresión creativa y el conocimiento”. 

El siglo XXI nos ofrece vastas oportunidades, metodologías y tecnologías para facilitar y consolidar el aprendizaje, pero a pesar de todo eso, la figura insustituible del profesor emerge como un oasis que puede influir en la vida de sus alumnos hiperconectados e hiperinformados, esa figura humana que además de educar la mente, es capaz de educar el corazón.

Queridísimo profe, la sociedad necesita de tu entereza que grite desde tu trinchera, en ocasiones silenciosa, que la educación es dar el conocimiento para aprender a vivir, entender la realidad, buscar un porvenir, construir un sueño y alcanzar un futuro diferente. Dios le ha concedido al maestro un privilegio, la tarea extraordinaria y maravillosa de forjar vidas.  

Maestro, hoy más que nunca estás llamado a convertirte en un verdadero líder de tu tiempo, dejar de ser un instructor para convertirte en un formador para la vida, por ningún motivo ser un espectador más, sino un protagonista de la historia. Estás llamado a convertirte en una figura con la dignidad, fuerza y determinación de forjar y transformar otros seres humanos, un formador integral deseoso de un mundo diferente, un verdadero artesano de humanidad con un impacto positivo e indeleble en la vida de cada uno de sus alumnos.

Posiblemente, como suele suceder, no podrás ver el fruto de tu trabajo cuando éste aparezca, pero estoy cierto de que la mayoría de tus alumnos agradecerán algún día lo que ahora siembras en ellos.  Alégrate y ten esperanza de que el trabajo bien hecho siempre dará buenos frutos, ten fe y que Dios te bendiga. 

“Maestros, que Dios les bendiga y bendiga su abnegada labor diaria, la mayoría de las veces oculta, silenciosa e inapreciada, pero siempre eficaz y valiosa” Papa Francisco. 

Como el sonar de la campana

¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que trae buenas nuevas, del que anuncia la paz, del que trae las buenas nuevas de gozo, del que anuncia la salvación! Is 52, 7.

A modo de los gitanos que marchaban de pueblo en pueblo llevando novedades e ilusiones como el sonar de la campana; precisamente, así es la tarea de un misionero.

Aprovecho la oportunidad con la semejanza del tema para compartir un testimonio propio: Servíamos en el apostolado posterior a una misión en un pueblito situado en la sierra de Sinaloa; como siempre y como buenos misioneros no teníamos algo para comer. Pensamos también, como siempre, ir a saludar a algún conocido que en algún momento asumiría preguntarnos si ya habíamos comido; llegamos pues a la casa de un matrimonio de ancianos piadosos que siempre estuvieron allí para brindarnos una mano amiga. Sin más, nos sentamos todos en torno al señor que gentilmente nos ofreció una silla a cada uno en el patio delantero de su casa, y al momento le comente a manera de broma – aquí venimos de nuevo a darle molestias -. Ya sentado, se dispuso a responderme mientras cruzaba la pierna, y me dijo – ¿qué harías tú, si los ángeles del Señor te visitaran en tu casa? -. Era complicado e inútil rebuscar una respuesta, así que mejor, permanecí callado. 

En verdad, el misionero es ese mensajero que se espera con ansias, sin lugar a dudas, el anhelo de Dios de muchos hermanos que, indudablemente necesitan escuchar su mensaje de esperanza, ya que mucho tiempo atrás no lo han escuchado, no se dan tiempo para ir en busca del Señor o aunque parezca imposible, de ningún modo les han hablado de Dios. 

Como un auténtico mensajero que divulga buenas noticias, dichoso, el misionero, marcha por el mundo (Cfr. Is 52, 7) cierto de que sus palabras son de vida eterna (Cfr. Jn 6, 47) y que poseen la autoridad que viene de Dios. 

Como el sonar de la campana, entonces, el misionero llega a la comunidad elegida por el Señor para transmitirles el mensaje de amor que Dios ha destinado desde siempre para ellos. 

A la Reina de la paz, Reina de las misiones y Estrella de la evangelización le pedimos el don de la paz. Invocamos su maternal protección sobre todos los que generosamente colaboran en la difusión del nombre y del mensaje de Jesús. Que ella nos obtenga una fe tan viva y ardiente que haga resonar con fuerza renovada a los hombres de nuestro tiempo la proclamación de la verdad de Cristo, único Salvador del mundo”  SanJuan Pablo II. 

El Dios Desconocido

San Lucas nos narra una fabulosa lección pedagógica que San Pablo, en su viaje a Atenas, implementó movido por su celo evangélico (Cf. Hch 17, 16). 

Porque mientras pasaba y observaba los objetos de su adoración, hallé también un altar con esta inscripción: AL DIOS DESCONOCIDO. Pues lo que ustedes adoran sin conocer, eso les anuncio yo” (Cf. Hch 17, 23), y comenzó a hablarles de Dios, el Creador, Dador de vida, y Resucitado de entre los muertos; unos se burlaron, algunos, sin embargo, se acercaron a él y creyeron.  

Es de llamar la atención que los griegos como politeístas tuviesen la necesidad de un dios adicional, un “dios desconocido” de quien desconocían también sus atributos, genero, imagen, etc., quizás a causa de un vacío espiritual o la falta de bienestar que sus dioses dejaban en su corazón; de la misma manera nuestro corazón puede estar necesitado de Dios, y no por la necesidad de otro como los griegos, sino porque no conocemos completa y verdaderamente al nuestro. Pentecostés es una inmejorable oportunidad para conocer a quien para muchos es el “gran desconocido”, el Espíritu Santo.

Si eres un católico formado te puede parecer increíble que muchas personas (católicos) respondiendo a la pregunta “¿Quién es el Espíritu Santo?” comenten lo siguiente: “es el tercer Dios”, “la fuerza de Dios”, “una paloma”, o simplemente “no sé”; puede hasta parecer gracioso, pero es triste que aún recibamos ese tipo de respuestas. 

El Espíritu Santo es la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, es decir, Dios mismo, que desde el día de Pentecostés ha guiado a la Iglesia, porque es a través de Él que el mismo Jesucristo sigue entre nosotros; es el Espíritu que impulsó a Pedro el día que lo recibió, Él mismo movió a Pablo en cada uno de sus viajes, y es también Él, quien hace posible el milagro de la Eucaristía gracias a las manos de un sacerdote. Pidamos al Espíritu Santo que este Pentecostés derrame sus dones y carismas en nosotros para colaborar en la edificación de la Iglesia.  

Duc in Altum – Misioneros al encuentro de Cristo

San Lucas, en su Evangelio, narra que los apóstoles pescaban en el lago de Genesaret cuando Jesús y aconsejó a Simón para que pudieran pescar: duc in altum”  (boga  mar adentro o condúcete a lo profundo).

Jesús aconseja a sus apóstoles dónde tirar la red, pero tras estas palabras, fuera de su contexto original podemos advertir una ruta para acercarnos a Dios a través de Jesucristo que es el Camino, la Verdad y la Vida (Cfr. Jn 14, 6). 

Ser Misionero es definitivamente uno de esos medios para llegar a Cristo, y como reza el Padre Nuestro “fiat voluntas tua” (hágase tu voluntad), cumplir con el mandato de Jesús: “Ir y anunciar el Evangelio” (Cfr. Mc 16, 15), y sólo así, como dice el Santo Padre Francisco, “al acariciar a los pobres tocamos la carne de Cristo”. Y no me refiero a la pobreza que como humanos percibimos, sino a la miseria espiritual, la ausencia de virtudes o falta de caridad, en conclusión, a la sed de Dios. 

Asimismo, la Virgen María, en la Anunciación, nos da una clara lección de obediencia al responderle al arcángel Gabriel: fiat”, qué significa, “hágase”, aceptando la voluntad de Dios. Es justamente María la primera seguidora de Cristo y modelo para todo cristiano porque su ejemplo de vida es perfecto. Cabe señalar que la palabra “cristiano” significa “seguidor de Cristo”, es entonces que María, y nadie mejor que ella, nos muestra cómo seguir las huellas de su hijo, y así, ser un verdadero “seguidor de Cristo”, siempre procurando hacer su voluntad.  

Toda nuestra vida es una búsqueda de Dios. Igualmente, dentro de una misión, el misionero, además de anunciar a Cristo y conducir a los hombres al encuentro amoroso con Dios Padre, recibe constates bendiciones, y encuentra a Dios, como resultado de la obediencia a su mandato, tal como lo expresa el profeta Isaías: ¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que trae buenas nuevas!”  (Cfr. Is 52, 7). San Agustín en sus Confesiones expresa: “Tú nos hiciste para Ti, y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en Ti”. La misión es justamente eso, “descansar en el Señor”, descansar en su paz, en las sonrisas de los niños o el agradecimiento de la comunidad que ven en ti, cual ángel, un verdadero mensajero del Señor. 

San Juan Pablo II solía evocar “duc in altum” para manifestar a los feligreses el camino a seguir. Así es que la exhortación, sobre todo a los jóvenes que anhelen “tocar la carne de Cristo”, es,  como nos decía el Papa: ¡DUC IN ALTUM!

Dejen que los niños vengan a Mí

“Los poetas son hombres que han conservado sus ojos de niño” León Daudet. 

Recorriendo el Valle Sagrado de los Incas, en Perú, llegamos a una comunidad netamente incaica, de talentosos artesanos textiles, llamada Chinchero, flanqueada por los nevados Salkantay, Verónica y Soray a casi 3,800 mt de altura. Después de una breve caminata me detuve a observar la arquitectura incaica del templo dedicado a Nuestra Señora de la Natividad. Fue justamente en aquel lugar donde me encontré con Jefferson, un niño de unos ocho años quien vestía unos pants deportivos y sujetaba un balón de fútbol; Jefferson tenía la mirada cansada y triste, era de noche y seguramente había ayudado a sus padres durante todo el día en la venta de artesanías. Le grité – pásala – y sus ojos se iluminaron, después de tres o cuatro “patadas” otros tres niños estaban a nuestro alrededor jugando y sonriendo, inevitablemente los acompañé en sus risas y juegos, y regresé, como cada vez que interactúo con niños, a mi infancia, disfrutando en plenitud de ese momento. Asimismo, entendí que los niños en cualquier parte del mundo, ya sea en la cordillera o a nivel del mar, “son simplemente niños”, llenos de la pureza de Dios en su sonrisa.

“Japo”, el payaso que hizo reír durante varios años a Juan Pablo II comentó en una entrevista: “El Papa reaccionaba igual, igual que los niños”. Es aquí donde vienen a resonar las palabras de Jesucristo “dejen que los niños vengan a mí” (Cfr. Mt 19, 14). Esto no significa que Jesús quería únicamente estar cerca de los niños, pero sí, de quienes tienen el alma limpia e inocente como ellos, que aún se siguen sorprendiendo de las pequeñas cosas y buscan naturalmente la presencia de Dios.

Celebremos a nuestros niños compartiendo más tiempo con ellos, formémonos el hábito de escucharlos, en verdad tienen mucho que decirnos. Aprendamos a darles su lugar; esto implica, desde luego, respetar su persona. Un ejemplo muy común es la adicción que podemos llegar a sentir por series, programas de televisión, películas, series, redes sociales o canales de YouTube con contenido inapropiado para su edad, a tal grado que olvidamos que los niños están viendo o escuchando; lo mismo pasa con la música o nuestras pláticas y discusiones, que en conjunto o de manera individual traen como resultado la pérdida de la inocencia o preocupaciones que les inquietan innecesariamente. 

Cada cosa, por pequeña que parezca, que hacemos por el bien del niño está más que justificada. Esto lo entendía muy bien la Directora de un colegio católico, preocupada siempre por la formación de sus niños. Ella le decía a cada nuevo profesor al comenzar el año escolar: “En sus manos está el dar a Jesucristo un gusto enorme o un disgusto terrible, ¿qué escoge?, ¿quiere que Jesucristo le sonría y le pague con un sueldo que yo no le puedo dar? Entonces, lleve a los niños a Jesús, que los está esperando”.

“Dejen que los niños vengan a mí, no se lo impidan”, eso lo que dijo Jesucristo. Ahora preguntémosle al Señor. ¿Y al que ame a los niños, al que los forme, al que los lleve a ti… qué recompensa le guardas, Señor?

“Un niño siempre nos puede enseñar a ponerse contento sin motivo” Paulo Coelho. 

¿Por qué amamos tanto a María?

La respuesta a la pregunta que titula esta reflexión se fundamenta en lo que la Iglesia ha enseñado desde siempre y, que, a su vez, entre más la conocemos, nos lleva a aumentar nuestra admiración por la vida virtuosa de esa mujer que Dios eligió para ser el templo de Dios.

Es de suma importancia aclarar que los católicos adoramos exclusivamente a Dios. Los dogmas marianos son afirmaciones que nacieron de Concilios donde la Iglesia testifica que existen que son verdades de la fe irrefutables.

A lo largo de la historia de la Iglesia ha discernido y decretado cuatro Dogmas Marianos:

1. La Virginidad Perpetua de María

San Pío X define bellamente este dogma de la siguiente manera: El rayo de sol que atraviesa el cristal

Es el dogma mariano más antiguo, según el cual María fue virgen antesdurante y después del parto y no tuvo otros hijos. El Concilio de Constantinopla (año 553) le otorgó a María el título de “virgen perpetua” (Aeiparthenos = siempre Virgen). 

El siguiente enunciado resume el dogma de la Virginidad Perpetua (Definición dogmática, Concilio de Letrán):

“La Virgen María concibió virginalmente, por el Espíritu Santo, al Verbo de Dios (Jesús), engendrado desde antes de todos los siglos por Dios Padre (Jesús existe desde siempre, pero se hace hombre por medio de María), y que sin pérdida de su integridad (virginidad) le dio a luz, conservando indisoluble su virginidad después del parto” 

El profeta Ezequiel había profetizado que María era la puerta oriental del templo, que no fue abierta ni se abrirá jamás, y el Señor, sin abrirla, la traspasó (Cfr. Ez 44, 1-4).

A continuación, se presentan otros textos bíblicos que fundamentan la Virginidad de María: 

  • “La virgen concebirá y dará a luz un hijo” Cfr. Is 7, 14. 
  • “El Ángel Gabriel fue enviado por Dios a una virgen, y el nombre de la virgen era María” Cfr. Lc 1, 26-27.
  • “¿Cómo será esto, pues no conozco varón? El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra” Cfr. Lc 1, 34-35. 
  • “José…no temas recibir a María, porque lo concebido en Ella es obra del Espíritu Santo” Cfr. Mt 1, 20. 

Es imposible hablar de la Virginidad Perpetua de María sin mencionar el pasaje de la Escritura que narra sobre unos hermanos de Jesús. La Iglesia siempre ha entendido estos pasajes como no referidos a hijos de la virgen María, en efecto, Santiago, José, Simón y Judas “hermanos de Jesús” (Cfr. Mt 13, 55) son los hijos de una María discípula de Jesús que se designa de manera significativa como “La otra María” (Cfr. Mt 28, 1). Se trata de parientes próximos a Jesús según una expresión conocida del Antiguo testamento” (Cfr. CIC # 500).

2. La Maternidad Divina de María

Jesús es hombre y Dios (humano y divino) al mismo tiempo, no es dos personas en una, sino que una persona con dos naturalezas. María es madre de Jesús en su integridad, por lo tanto es Madre de Diosporque su Hijo, Cristo, es Dios. 

La gloriosa Virgen María es Madre de Dios, pues dio a luz según la carne al Verbo de Dios (Jesús) encarnado (Concilio de Éfeso).

El Papa Clementino, en el concilio de Éfeso fue muy claro: “Si alguno no confesare que el Emmanuel (Cristo) es verdaderamente Dios, y que por tanto, la Santísima Virgen es Madre de Dios, porque parió según la carne al Verbo de Dios hecho carne, sea anatema” (anatema = expulsado de la Iglesia). 

  • Jesucristo en cuanto a su divinidad tiene un solo Padre, el que lo engendró en los cielos (Cfr. Hb 1, 5). 
  • Jesucristo en cuanto a su humanidad tiene una sola Madre, la que lo engendró en la tierra (Cfr. Lc 1, 31). 

La solemnidad de “María, Madre de Dios” (Theotokos) es muy antigua, en los subterráneos de Roma, donde se celebraban las primeras misas, se encuentran pinturas con esta inscripción. La celebramos el 1º de enero y es misa de precepto. 

3. La Inmaculada concepción de María 

La concepción se efectúa en el momento en el cual Dios infunde el alma en la materia orgánica procedente de los padres, es decir, se trata del momento en que comienza la vida humana.  

El Papa Pío IX declara en el dogma que “la Bienaventurada Virgen María fue preservada inmune de toda mancha del pecado original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente a los méritos de Jesucristo, Salvador del género humano”.

  • “Alégrate llena de gracia” (Cfr. Lc 1, 28). El ángel le confirma su pureza, inmaculada = sin mancha o defecto.
  • Judas en su carta nos enseña que Dios “es capaz de guardarnos inmunes de la caída y de presentarnos sin tacha ante su gloria con alegría” (Cfr. Jds 24). 

Resulta hasta en cierto sentido incuestionable que la Virgen tuviese que ser Inmaculada, ya que Jesús, Nuestro Salvador, verdadero hombre y libre de pecado (Cfr. Hb 4, 15) nació de ella, sería tanto como pretender que Jesucristo nació con mancha (pecado) por haber habitado en un vientre impuro. Entonces, como católicos podemos afirmar que la Santísima Virgen nació totalmente libre de defecto. 

4. La Asunción de la Virgen María

El dogma de la Asunción se refiere a que la Madre de Dios, luego de su vida terrena fue elevada en cuerpo y alma a la gloria celestial. 

El Papa Pío XII proclama en la Constitución Munificentissimus Deus que “si María tuvo parte en la obra del Mesías y fue preservada del pecado por los méritos de su Hijo, su participación quedaría parcial e incompleta sin una glorificación corporal”

Asimismo, el Catecismo de la Iglesia Católica (Cfr. #966) nos enseña: “La Virgen Inmaculada, preservada inmune de toda mancha de pecado original, terminado el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria del cielo y enaltecida por Dios como Reina del Universo”.

  • “Una gran señal apareció en el cielo: una mujer vestida de sol, con la luna debajo de sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza” (Cfr. Ap 12, 1). La Virgen aparece radiante. 

Recordemos que hablamos de “asunción” y no “ascensión”, término para referirnos al hecho de que Jesús sube al cielo por sus propios medios, María es elevada por ángeles.

En conclusión, para los católicos, el hecho de conocer el fundamento de nuestra fe en la Santísima Virgen María nos lleva a amarle más, así como admirar la perfección del plan de salvación que Dios diseñó para nosotros. Recurramos siempre a Nuestra Madre del Cielo, ya que a través de ella llegamos a Jesús. 

“María es dichosa también porque escuchó la palabra de Dios y la cumplió; llevó en su seno el Cuerpo de Cristo, pero más aún guardó en su mente la verdad de Cristo” San Agustín de Hipona. 

Sábado Santo

“El Señor nos llama a alzarnos, a levantarnos de nuevo con su Palabra, a mirar hacia arriba y a creer que estamos hechos para el Cielo, no para la tierra” Papa Francisco. 

La Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor durante el Sábado Santo, meditando su pasión y su muerte, su descenso a los infiernos y esperando con confianza y alegría su paso de la muerte a la vida, su Pascua. 

Es un día de especial silencio, la Iglesia vela junto al sepulcro, enmudecen las campanas y la música. Es día para profundizar sobre nuestra vida y contemplar el sacrificio del Maestro. El altar continúa despojado de sus lienzos y el sagrario, abierto y vacío. La Cruz vacía continúa elevada desde el día anterior, de la misma manera, centrada, con un paño morado en señal de luto. Dios ha muerto por cada uno de nosotros, ha querido someter nuestro pecado con su propio dolor.

El Sábado Santo es un día único, día de la ausencia, el Esposo de la Iglesia nos ha sido arrebatado. El mismo Cristo está callado después de su último grito de la cruz (Cfr. Mt 27, 46) y entregar su Espíritu a su Padre (Cfr. Lc 23, 46). Este día es el corazón del Triduo Pascual, ya que se encuentra entre la Muerte del Viernes y la Resurrección del Domingo. 

La celebración de la Vigilia Pascual se divide en tres momentos muy importantes: 

1. Celebración del Fuego Nuevo o Lucernario. El sacerdote bendice el fuego y enciende el Cirio Pascual. Se entona el Pregón Pascual.

2. Liturgia de la Palabra. Se leen siete lecturas del Antiguo Testamento, una Epístola de San Pablo y el Evangelio, así como la entonación de un Salmo por cada una de las lecturas. Todas haciendo alusión a la salvación que se da esa noche por el Hijo de Dios. 

3. Renovación de las Promesas Bautismales. Se invita a la comunidad a participar de la renuncia a Satanás y sus obras. Se bendice el agua y se realiza el signo de aspersión como un recuerdo del propio Bautismo. Este signo se puede repetir todos los domingos de la Cincuentena Pascual, al comienzo de la Eucaristía. 

Esta misma noche de Pascua es el momento en el que tiene más sentido celebrar los sacramentos de la iniciación cristiana.

El Sábado Santo es un día “alitúrgico”, ya que no se permite celebrar la Eucaristía (misa) hasta la celebración de la Vigilia Pascual. La Sagrada Comunión sólo puede llevarse como viático a los enfermos. 

El color litúrgico de ese día es blanco, que simboliza la alegría de la Resurrección de Jesús, así como el tiempo de fiesta que se aproxima, la Pascua. 

Pascua significa “paso”, y es la solemnidad central del calendario litúrgico, mismo que gira en torno a ella. En otras palabras, es la solemnidad más importante de año, ya que celebra la Resurrección de Cristo, prefigurada en la Pascua judía (liberación de la dominación egipcia, “paso” del Mar Rojo). Se prolonga durante cincuenta días (Cincuentena Pascual) hasta la solemnidad de Pentecostés.

Para vivir mejor este día se recomienda meditación y silencio, así como aprovechar para agradecer a Jesús por ofrecer su vida por nuestros pecados. Asimismo, es un día de espera junto a la Virgen María. 

Viernes Santo

“La Cruz de Cristo no es una derrota: La Cruz es amor y misericordia” Papa Francisco.

El Viernes Santo debe vivirse como una conmemoración muy especial, donde nos encontramos con el inmenso drama de la muerte de Cristo en el Calvario. 

El Evangelio de Juan nos permite contemplar de una manera muy particular el misterio de la Pasión de Jesús (Cfr. Jn 19, 1-30). Es el mismo Juan, teólogo y cronista de la Pasión, quien nos lleva a contemplar el misterio de la cruz de Cristo como una solemne liturgia. Cada palabra y gesto utilizados en la solidez de su Evangelio, el Viernes Santo se hacen más verídicos.

En este día de contemplación recordamos especialmente a María, la Madre de Jesús, que siempre estuvo allí, junto a la cruz, como madre y discípula. María es madre de todos nosotros, asimismo, es la nueva Eva, por ser madre del primer habitante de la nueva creación, Jesús resucitado. La maternidad de María tiene el mismo alcance de la redención de Jesús (es para todo el mundo), ya que se ensancha con la espada del dolor de su corazón. 

No podemos omitir mencionar al soldado romano que traspasó el costado de Cristo y le atraviesa el corazón. Sin darse cuenta, cumplía una profecía. Del corazón de Cristo brota sangre y agua, sangre de la redención (rescate del pecado) y agua de la salvación (gracia y fruto de la redención). La sangre, signo del amor más grande que entrega la vida, el agua es signo del Espíritu, la vida misma de Jesús. 

Durante el Viernes Santo no se celebra la Eucaristía (misa) en todo el mundo. El altar luce sin mantel, sin cruz, sin velas ni adornos. Los sacerdotes entran sin cantos, se postran en el suelo, frente al altar, al comienzo de la ceremonia. 

Dentro de la misma celebración, después de la lectura de la Palabra de Dios, se pasa a una acción simbólica muy expresiva y propia del día, la Adoración de la Santa Cruz como gesto de agradecimiento a Cristo, que estuvo clavado en ella. 

Aunque no hay propiamente la celebración de la Eucaristía (consagración, ya que no hay misa), se comulga del Pan Consagrado en la celebración del día anterior, Jueves Santo, expresando nuestra participación en la muerte salvadora de Cristo, recibiendo su Cuerpo entregado por nosotros.

El color litúrgico para ese día es el rojo. Color de los mártires de Jesús, el mismo es el primer testigo (mártir) del amor del Padre y de todos aquellos que, como Él, dieron y siguen dando su vida por proclamar la liberación del pecado y la vida eterna que Dios nos ofrece.

Otro de los símbolos por los cuales recordamos el sacrificio de Jesús por nosotros es el Viacrucis, que es la conmemoración de los dolores de Jesús en las últimas horas de su vida, que se han convertido en meditación y oración. Es un ejercicio de piedad que está lleno de contenido y de agradecimiento, acompañado de una reflexión. Consiste en seguir espiritualmente este mismo trayecto, deteniéndose ante 14 estaciones para meditar los sufrimientos de Jesucristo y unirse interiormente con Él.

Se recomienda, para vivir de mejor manera este día, ayuno (18-59 años) y abstinencia (14 años en adelante), como nos pide la Iglesia. De la misma manera, se exhorta a que durante el día se reflexione sobre el misterio de Cristo y que se evite el consumismo, así como todo tipo de distractores. 

Jueves Santo

“El Hijo de Dios se ofrece a nosotros. Ofrece en nuestras manos su Cuerpo y su Sangre para estar con nosotros, para habitar en nosotros” Papa Francisco. 

La celebración del Jueves Santo nos invita a adentrarnos firmemente en el misterio de la Pasión de Cristo. La Iglesia nos hace un llamado a sentarnos en torno a la mesa (el altar) del Señor con máximo recogimiento y meditar todo lo que aconteció la noche en que iba a ser entregado. 

Jesús, de una manera muy especial nos muestra su amor en esta noche, dándonos un testimonio perfecto de su vocación y misión al servicio del mundo, mismo llamado que tiene la Iglesia, y al que todos estamos llamados a imitar. Jesús nos muestra que el camino para alcanzar la gloria no es el egoísmo o la soberbia, sino el servicio por los demás, cuando decide lavar los pies a sus discípulos (Cfr. Jn 13, 3-5), a pesar de ser el Maestro; “… el que quiera llegar a ser grande entre ustedes, será servidor de todos, y el que quiera ser el primero entre ustedes, será esclavo de todos, que tampoco el Hijo del Hombre ha venido a ser servido si no a servir y a dar su vida como rescate por muchos” (Mc 10, 43-45).

El Evangelio de San Juan nos muestra a un Jesús, quien sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, pero que siente tal amor por todos nosotros (no sólo por sus apóstoles) que se arrodilla y lava nuestros pies, como muestra de su humildad, sacrificio y amor por nosotros. 

La santa misa, como hoy la conocemos, es la celebración de la Cena del Señor (La Última Cena) en la cual Jesús, el primer Jueves Santo, en víspera de su Pasión, “mientras cenaba con sus discípulos tomó pan, lo bendijo, lo partió y dándoselo a sus discípulos, dijo: Tomen y coman, éste es mi Cuerpo” (Cfr. Mt 26, 26).

Jesús quiso que todos los que creyeran en Él se reunieran para comer su Cuerpo y su Sangre como en su última Cena, dejándolo claro con las siguientes palabras: “Hagan esto en memoria mía” (Lc 22, 19).

La Iglesia celebra el Jueves Santo una misa especial, dentro de la misma, el sacerdote realiza el lavatorio de pies a doce personas quienes representan a los apóstoles. Siguiendo el ejemplo con el cual Jesús nos transmite su mensaje de amor, al decirle a sus amigos: “Lo mismo que yo hice con ustedes, practíquenlo en favor de los demás” (Cfr. Jn 13, 15). 

En esa misma noche de amor por nosotros, Cristo nos dejó un mandamiento nuevo: “Ámense los unos a los otros, así como yo los he amado” (Jn 13, 34), dándole un sentido comunitario al Jueves Santo, instaurándolo como un recordatorio y oportunidad para reconciliarnos con nuestro prójimo y de interiorizar la enseñanza del amor. 

En Jueves Santo celebramos, asimismo, que Cristo instituyó la Eucaristía, “tomen y coman” (Mt 26, 26), y el Sacerdocio, al partir el pan durante la Última Cena, diciéndole a sus amigos, los apóstoles: “Hagan esto en memoria mía” (Lc 22, 19).

El color litúrgico de ese día es blanco. La decoración del templo debe resaltar la liturgia porque es una solemnidad, es una alegría, la institución de la Eucaristía, la institución del Sacerdocio y el Mandamiento del Amor. Definitivamente, la celebración de la Cena del Señor, es muy significativa, ya que es el mismo Dios quien nos dice, con su ejemplo, que quien quiera ser el primero que sea servidor de los demás. 

Es una noche donde se recomienda que nuestro espíritu de oración nos adentre a vivir el misterio de la Pasión del Señor, así como dedicarle un momento a la adoración eucarística, de la misma manera nos recuerda que, el simbolismo del pan, donde Jesús quiso quedarse como alimento espiritual, es una invitación para todos a practicar la caridad con los más necesitados.